Le leerás a tu hija este cuento, a media voz, con dulzura; ella observará la habitación, te estudiará sin mirarte, como una auténtica psicóloga y es posible que se duerma antes de que llegues al final (te darás cuenta porque levantarás la vista en cada punto, en cada pausa, para mirarla: estará acostada en la cama, con los brazos por fuera de la sábana, escuchando tu voz serena, suave y tierna;) notarás que el pijama le queda algo corto o que le ha salido una fiebre en el labio inferior o que tiene un pequeño tic en un párpado, pero tú seguirás leyéndole este cuento, a media voz, con dulzura, como has hecho desde el principio y como harás hasta el final. Cuando te muevas para cambiar de postura la silla en la que estás sentado crujirá levemente y ella sonreirá sin enseñar los dientes, como un auténtica buda, o abrirá y cerrará ligeramente la boca un par de veces, como si saboreara por primera vez un rico alimento o resoplará y se moverá para colocarse en posición fetal; puede que te pregunte el significado de algunas palabras (puede que ya lo haya hecho); puede que ya se haya dormido; sin dejar de leerle este cuento le bajarás la manga para cubrirle el codo o le acariciarás el pelo que le cae sobre la frente; dejarás el cuento en la mesilla y entonces tendrás que aprenderte de memoria lo que sigue: mirarás a tu hija sólo el tiempo necesario, el suficiente como para verla, le besarás en el carrillo, inventarás una ingeniosa frase de despedida que no sea la de “buenas noches” y se la dirás en voz baja. Puede que no se haya dormido aún, entonces le dirás que te ayude a completar el cuento, le sugerirás que te de ideas para escribir y le pedirás que te cuente qué más cosas le gustaría oír; la segunda vez que le leas este cuento es muy probable que éste haya cambiado y tal vez no se duerma tan pronto; a la tercera puede que te pida que se lo leas otra vez; a la cuarta quizás no quiera dormirse y entonces le dirás que le quieres, le darás un beso, apagarás la luz, saldrás de la habitación y caminarás a tientas por el pasillo pensando si algún día ella escribirá cuentos para hijos como tú, para hijos –como tú-.
Para mi amigo Nacho y su hija Nuria.
Felipe Bollaín Parejo 2008